Pero aquí va mi sigueinte entrada.
Derrumbada en mi cama, con lágrimas en los ojos.
Imaginando al caballero sin rostro.
Dándome cuenta de la ausencia de un sonido.
Enterándome de la ausencia de mi corazón.
Sí. Se fue, te lo llevaste.
Y con él, se fueron las sonrisas.
Las ganas de vivir, los sueños, los anhelos.
Se fue el calor, la fuerza que había en mi interior.
Te llevaste las canciones románticas.
Los besos apasionados, el perfume de la felicidad.
Las lágrimas de alegría, las rosas, los chocolates.
Te llevaste la mitad de mi ser.
Se fueron los mensajes, las caricias.
Se fue el color, el brillo, la luz del sol.
Se fueron las noches en vela.
Las salidas, las peleas.
Las cenas, los momentos hermosos.
El sol, la luna, las estrellas.
Todo se fue, hasta el poco amor que quedaba dentro de mí se fue.
Pero llegó algo más.
La soledad tocó a mi puerta.
Se adentró en mí ser.
Se adueñó de mi vida, mí tiempo.
Pasó a reemplazar todo lo que te llevaste.
Se convirtió en mi amiga, mi confidente.
Mi ilusión, mi pasión.
Reconstruyó mi mundo, mi corazón.
Los hizo de piedra volcánica, fuertes, indestructibles.
Pasó a ser mi única felicidad.
Cenas, sueños, anhelos, deseos.
Todo ahora habla de ella.
De la felicidad que me ha impreso.
Gracias por abrirme los ojos.
Por hacerme ver que no puede haber compañera más fiel que la propia soledad…


